martes, 16 de febrero de 2016

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                             En obras permanentemente

¿Cuál es mi objetivo? 
Para empezar voy a decir que vengo de una familia humilde de personas trabajadoras que interpretan la laboriosidad como virtud. Siempre he sido -o al menos he intentado- ser muy trabajador, guiado bajo quizás un mal entendido concepto de meritocracia, muy generalizado en nuestra sociedad. Sin embargo estos años de carrera he empezado a plantearme si en realidad y en el fondo soy vago. Me explico. Si vuelvo la vista a mis trabajos, con frecuencia encuentro cosas bonitas que decoran muy bien, pero que me dejan la impresión de no aportar nada relevante. Esto ha hecho que me desmotive a la hora de trabajar e incluso que desarrolle cierta aversión hacia la práctica artística. A raíz de esto he empezado a sentir el deseo de no hacer nada si no tengo claro cuál es mi objetivo. Pero, ¿cuál es mi objetivo? Difícil pregunta. ¿Cómo sé cuál es mi objetivo? Hace poco leí que los objetivos responden a anhelos, y que estos son básicamente en los adultos, «la salud y la conservación de la vida, el alimento, el sueño, el dinero y todo lo que compra el dinero, la vida en el más allá, la satisfacción sexual, el bienestar propio y el de los hijos, además de un sentido propio de la importancia, al que Freud llamó anhelo de grandeza.» Cierto es que si me planteo mi objetivo en estos términos, es difícil articularlos con la Universidad. En cambio si me conformo con plantearme objetivos profesionales y académicos, siento la necesidad de plantearme otras cuestiones que ayuden a definir mis objetivos.

A menudo se dice que el arte es un acto de comunicación. Por lo poco que sé de comunicación no verbal, todo lo que hacemos, queramos o no, nos guste o no, es comunicación. Lo hacemos de forma involuntaria y automática al caminar, al hablar con el ritmo, el timbre, el tono de voz. Al escribir si ponemos un determinado punto sobre la i, o al inspirar una calada de humo de un cigarro. Luego para expresar, comunicar, o exteriorizar ciertas cuestiones no necesitamos de formación, venimos con esa aptitud de serie. Ahora bien, hay cosas que no puede transmitir la comunicación no verbal, como ocurre con las ideas (¿y las emociones?). Pienso que, como todo el mundo, tengo muchas cosas que contar: mis reflexiones, mis metáforas, analogías… pero plantearme la comunicación de ideas como objetivo profesional me genera una nueva problemática: la del lenguaje. La relación entre significado y significante trae consigo el problema de que es prácticamente imposible transmitir una idea a otra persona de forma totalmente eficiente. Luego si mi objetivo es comunicar-transmitir ideas, ¿qué sentido tiene hacer objetos? ¿No sería al menos un poco más eficiente usar el lenguaje verbal ya que existen convenciones (diccionarios) que nos facilitan la transmisión de ideas¹? O mejor aún, si uno quiere transmitir ideas de forma que no de lugar a la confusión, ¿no sería más efectivo utilizar la matemática, el lenguaje algebraico o algo parecido?

Algunos profesores argumentan a esto aludiendo a que el lenguaje verbal no es suficiente para transmitir ciertas cuestiones, las cuales no terminan de concretar y por lo que cabe suponer que hacen referencia a lo inefable. Sin embargo comunicar lo inefable parece llevar implícito una contradicción en términos difícil de resolver y que no trataremos en este momento.

Todo esto se podría interpelar diciendo ¿es necesario comunicar con un 100% de efectividad? Se me ocurren dos respuestas:
  • Si mi objetivo es comunicar una idea, considero preferible que sea de la forma más efectiva posible (matemáticas, etc), a que no sea en absoluto efectiva, pues sería como si quisiese decir algo y sólo saliesen sonidos guturales e ininteligibles.
  • No es necesario una comunicación de eficacia total. De hecho está mal considerada la obra cerrada que no admite al espectador otra interpretación que la del autor -por aquello de que vivimos en un mundo libre y democrático-. No obstante y en ese caso, el objetivo no sería tanto comunicar una idea, sino más bien proponer al espectador que interprete mi trabajo. Pero creo que habría que matizar, porque en ese caso no necesitaría ningún esfuerzo ya que lo hará el espectador con cualquier cosa que le proponga interpretar. El matiz diría que está en que mi objetivo sea proponer al espectador que interprete algo en torno a una idea que he delimitado medianamente. Es decir, que si trato de hablar acerca de la contaminación, los espectadores en general mantengan una interpretación que no se aleje demasiado de ese tema. Este argumento mantendría el sentido de una comunicación no eficaz.

La primera respuesta dejaría a la práctica artística constreñida en una serie de elementos matemáticos con los que configurar mensajes. La segunda opción nos plantea otro problema: la elección de los medios. Si quiero comunicar una idea mediante una obra -aunque sea vagamente-, hemos de utilizar significantes que ayuden a focalizar la interpretación y aproximen al espectador a la idea. ¿Por qué hay significantes que sugieren ideas? Por lo que sé, que es más bien poco, las personas atribuimos significados a los significantes por convencionalismos (negro = muerte / ámbito doméstico = mujer…) o por factores biológicos-psicobiológicos (diagonal ascendente = velocidad / rojo = excitación) o por asociaciones y semejanzas más o menos caprichosas (atardecer = vejez / calcetín = dolor). Por mi experiencia en esta Facultad, los convencionalismos suelen evitarse al ser demasiado obvios. Sin embargo lo que es obvio resulta bastante efectivo en la comunicación. De esto extraemos que si la Facultad evita lo obvio, cabe suponer que el objetivo de comunicar de forma muy efectiva no es de su competencia. (O a lo mejor me equivoco ¿?)



Por otro lado los significantes por asociación generan el problema de cuán peregrina sea la asociación. Normalmente la asociación la hacemos por analogía, por semejanza de atributos entre seres o cosas; pero esto apenas tiene límites. Por ejemplo si quisiera hablar de la idea de muerte por asociación, podríamos utilizar un bolígrafo aludiendo a que como no tiene vida se asemeja a la muerte ya que esta implica la ausencia de vida. Esta asociación nos puede resultar un tanto peregrina al ser difícil imaginar un bolígrafo en un contexto que pueda sugerir la idea de muerte, a menos que el artista genere ese símbolo, lo que implica la aceptación del grupo social -¿o basta sólo con otra persona para que un significante se convierta en símbolo?-. Por otra parte si nos planteamos un uso menos arriesgado de la asociación, corremos el riesgo de caer en pseudoconvenciones, que me atrevería a llamar: convenciones en proceso de formación (P.Ej.: El selfie como pintura de autorretrato).
Seguimos entonces sin respuestas sólidas que justifiquen el arte como medio de comunicación, sobretodo teniendo en cuenta que existen otros medios más eficaces. Por tanto seguimos con la duda de cuál es nuestro objetivo. Llegados a este punto, un torrente de preguntas nos asedia. ¿Puede ser que me deba plantear mi objetivo en función de los anhelos primordiales mencionados al principio? ¿Puede ser que no sea necesario hacerse tales preguntas y deba aprender a vivir sin necesidad de justificar todo y a emanciparme de juicios? ¿Puede ser que estos planteamientos sean un intento de buscar una justificación para hacer arte simplemente porque me gusta? ¿De verdad me gusta hacer arte? Una pregunta realmente dolorosa teniendo en cuenta la dedicación e ilusiones que he volcado en el ámbito artístico, pero estamos en la obligación de plantearnos estas preguntas² hasta las últimas consecuencias.
Por si sirve de algo recordaré que todas estas preguntas surgieron en la nefasta hora en que empecé a leer un ensayo sobre arte conceptual (Del arte a la idea, Robert c. Morgan), en el que el autor nos pregunta “¿Qué haces y por qué haces lo que haces?”.

Quizás tirando del hilo podamos saber qué me trajo hasta esta Facultad y nos ayude a descubrir un objetivo legítimo para con la práctica artística. El primer colegio al que fui era de monjas y siempre orábamos un Ave María por la mañana y el resto del día lo pasábamos pintando, jugando con plastilina o Lego hasta la hora de rezar un Padre Nuestro que marcaba la hora de salida. Cuando pasé a segundo de primaria cambié a un colegio privado-concertado, donde los niños llevaban un nivel más alto y me costó mucho alcanzar el ritmo de la clase. En casi todo estaban mejor preparados que yo, excepto en una cosa: jugar con plastilina. Un día, en la ya extinta asignatura de plástica, estaba modelando en plastilina un señor tocando la guitarra, cuando la profesora se acercó y con ademanes de sorpresa llamó a los demás niños para que vieran aquello. Para mí era como si cualquier cosa, pero a ellos les debió sorprender porque después me sacaron de clase y me llevaron a otros grupos para enseñarlo. El jolgorio que se formó en las demás clases y los pasillos desmontaron la monotonía de la tabla de multiplicar y las normas gramaticales.
Esta anécdota me hace preguntarme si deleitar a los demás puede ser mi objetivo para con la creación artística. Pero, ¿valdría deleitar de cualquier forma? ¿Sería congruente centrarme en aprender a deleitar, de la forma que sea, en un contexto universitario? ¿Esta Facultad es el mejor sitio para aprender a deleitar? ¿Deleitar para qué? ¿Para satisfacer mi anhelo de alimento? No creo que por utilizar el arte para conseguir alimento me condenen al cadalso para escarnio público. Sin embargo el objetivo de satisfacer a los demás con mis obras puede ser comparable con la prostitución. No obstante, la diferencia sustancial entre una prostituta y un actor de la industria del porno es la de si ese trabajo resulta gratificante o no. Si resulta gratificante y además proporciona alimento ¿Por qué no hacerlo?

Siguiendo con el planteamiento del arte como medio de comunicación, resulta interesante si invertimos el orden, y en lugar de utilizar el arte para comunicar, lo uso para comunicarme. Es decir, para comunicarnos a nosotros mismos como fuente de autoexploración y autoconocimiento; lo que nos llevaría a ejercer una especie de psicoanálisis autoinducido que con suerte derivase en un proceso de crecimiento personal. Al margen de que este modo de operar puede también conducirnos hacia el de-crecimiento personal, aun cabría preguntarnos qué objetivo tendría esta autoexploración, y si no es un retorno al anhelo de bienestar propio. Si bien plantear la Universidad como espacio de formación para sentirnos bien a través del arte, es un argumento irrisorio para el ámbito académico, a nivel individual puede resultar un objetivo factible. [...] 

     Disculpen las molestias, estamos en obras.


[Aun falta plantear otros objetivos posibles. Necesito que esta reflexiones reposen y sean digeridas para generar otras nuevas.]
Siento si este escrito es demasiado obtuso o árido, o si a lo mejor estoy diciendo cosas que ponen en evidencia mi enorme ignorancia. Si me planteo con tan ahínco cuál ha de ser mi objetivo, es por una razón que ilustra muy bien el chiste aquel del negro que va vagando por el desierto y se le aparece el genio de la lámpara concediéndole 3 deseos. El tipo pide ser blanco, tener mucha agua y ver muchos culos, a lo que el genio satisface convirtiéndole en retrete. Dicho de otro modo: creo que es importante definir mi objetivo ya que no quiero ser un retrete en esta profesión.




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