Debo,
antes de iniciar esta entrada, mencionar que la imagen que tengo del
alumno idóneo, es de una persona que lejos de limitarse a recibir información, también se ocupa de analizarla y cuestionarla con
espíritu escéptico, generando preguntas y contrastando dicha
información con otros datos corroborados. Si bien es
cierto que el alumno escéptico suele ser persona non
grata para los docentes, dada la dificultad que entraña
trabajar con este, considero pertinente examinar ciertas cuestiones
que aparecen en el libro que da título a esta entrada.
Para empezar diré que me pareció interesante cómo el libro trae el problema acerca de la obra de arte como resultado de la investigación, funcionando la obra como mera ilustración del texto que expone la investigación1. Pero también habla de cómo un texto que explica una imagen solemos entenderlo como una simple elaboración del significado ya incluido en la imagen, a modo de complemento, quedando en segundo término. ¿Cómo encontrar un punto intermedio en el que texto e imagen tengan el mismo valor? Personalmente creo que no hay texto inserto en ninguna imagen y que las significaciones que podamos extraer de esta son muy variopintas, ya que responden a particularidades etnográficas. Por tanto el texto que explica una imagen no es la elaboración del significado intrínseco en la imagen sino algo paralelo. Como además estamos hablando de investigación, y por tanto de un método científico -donde la interpretación del mensaje ha de ser inequívoca-, la obra de arte no es tan efectiva para transmitir el mensaje, por lo que queda irremisiblemente relegada a la mera ilustración del texto.
1 Investigación artística y universidad. Asimétricas, 2013. p.90
A
propósito del primer capítulo, llama la atención cuando se habla
de "las implicaciones del oscurantismo en la descripción de los
contenidos de los programas de las asignaturas de Bellas Artes2".
Afirmación muy acertada, pero que contrasta cuando en otro capítulo,
de otra autora, se menciona a alumnos del Máster de Investigación y
Creación que no "creen" en la investigación artística, y
se pregunta "para qué lo cursan, cuando a lo mejor lo que
deberían estar haciendo es una residencia artística en una
institución nacional o en el extranjero3". Podríamos decir que
aquí se hace patente el rechazo hacia el alumno díscolo y escéptico
que mencionábamos, pareciendo contradecir al título del libro y el
mensaje que anima al debate y diálogo que aparece en el texto.
En mi opinión resulta muy coherente sospechar que la investigación
artística no exista dado que el término investigación sirve para
designar una actividad humana que se orienta a la obtención de
nuevos conocimientos4 y su aplicación para solucionar problemas o interrogantes de carácter científico. Si bien la obtención de
nuevos conocimientos no supone mayor problema en el arte, su aplicación científica es más cuestionable.
2 Investigación
artística y universidad. “las implicaciones...”, op. cit., p. 13.
3 Ibid., p. 50.
4 Entendiendo conocimiento desde la propuesta filosófica
aceptada desde Parménides hasta hace apenas 40 años con el problema de Gettier, aun no
resuelto, y por lo que se sigue trabajando con la propuesta clásica.
Por tanto desdeñar la opinión de los alumnos que no "creen" en la investigación artística y pensar que simplemente se han equivocado de estudios por no informarse bien, se me antoja imprudente, sobretodo considerando que la descripción de los programas mencionados no aportan información suficiente sobre dicha titulación. Por otra parte resulta llamativo que un libro que trata la problemática de la investigación, no aclare o profundice que está hablando de un método exclusivo de la ciencia, o que no mencione cómo entienden el conocimiento, ni hagan referencia de por qué ciertos conocimientos poseen relevancia para ser considerados en el ámbito académico. Por ello no es de extrañar que los alumnos del Máster en Investigación desconozcan los tres requisitos para que exista conocimiento o que ante una exposición en el CSIC, salgan escaldados ante los comentarios de los científicos. Cierto es que los científicos tampoco suelen conocer dichos requisitos, pero la investigación en sí los lleva implícitos. Sin embargo cuando la práctica artística trata de inscribirse en la investigación, y por ende en la ciencia, es preciso conocer estas cuestiones, ya que aspira a ser un sucedáneo científico.
También llama la atención cuando se dedican varias páginas hablando del sistema de nomenclatura para hacer referencias bibliográficas, describiendo la manera en que se debe hacer, pero sin indicar cuál de los sistemas que existen está refiriéndose.
También llama la atención cuando se dedican varias páginas hablando del sistema de nomenclatura para hacer referencias bibliográficas, describiendo la manera en que se debe hacer, pero sin indicar cuál de los sistemas que existen está refiriéndose.
En el libro se trata la búsqueda de nuevas formas de presentación de las investigaciones, la dificultad de producir una investigación exclusivamente artística o, entre otras cosas, el deseo de alcanzar más medios tecnológicos para tal fin -lo que supone competir con otras Facultades en lo que ha partida económica se refiere-. Si bien estos son materiales para un debate, esperaba mayor concreción acerca de qué aporta una investigación artística al ámbito académico, o por qué motivo esa articulación de datos y generación de conocimientos merece ser llamada investigación. Debate, cuanto menos en mi opinión, de mayor urgencia.

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